domingo, 27 de diciembre de 2015

Sicilia: esencia mediterránea en estado puro



Los bonitos carros sicilianos/C.P.

Es inevitable nombrar Sicilia y pensar en los asesinatos de la mafia, la especulación urbanística, el atraso secular y la inmigración hacia Milán y Estados Unidos. Sin embargo, más allá de los tópicos, la isla más grande del Mediterráneo es también una de las más bellas. Y no sólo por las playas, el perfume de los limoneros, las ruinas arqueológicas, los volcanes o la riqueza gastronómica. Sicilia es un cruce de caminos, un libro de historia al aire libre dónde todas las civilizaciones que la han intentado someter han dejado su huella de destrucción y de belleza. La indómita Sicilia es la esencia mediterránea en estado puro.

De Sicilia sorprenden muchas cosas. La primera, su gran extensión y la diversidad de paisajes naturales, pueblos y ciudades que el viajero encontrará durante la ruta. La segunda, el carácter de su gente. No hay nada menos italiano que un siciliano. Es un pueblo adusto, orgulloso y profundamente religioso. Supervivientes de muchas invasiones y mezcla de todas ellas, criados en una tierra dura que los sacude de tanto en tanto y les ha obligado a emigrar durante décadas, los sicilianos aman sus tradiciones, son desconfiados y tienen un peculiar sentido del humor. Ni tan solo intentando hablar italiano el forastero podrá evitar algún comentario burlón en siciliano, una lengua que desgraciadamente se está perdiendo porque sólo la habla la gente mayor del interior.

Ruinas del templo de Selinunte/C.P.
El viaje a Sicilia se ha de preparar con antelación, escogiendo muy bien los destinos si el tiempo que tenemos es limitado porque es imposible verlo todo. La mejor forma de visitar la isla es en coche porque muchos de los vestigios griegos y romanos están en lugares de difícil acceso, algunos en medio del campo. Además, hay que tener muy presente que Sicilia, a caballo entre Europa y África, es una isla mediterránea peculiar. En verano hace muchísimo calor y no es difícil que el siroco norteafricano la barra de sur a norte durante días. El invierno es cálido en la costa, pero en el interior las temperaturas bajan de cero grados y la nieve puede aislar los pueblos de montaña. La mejor época para visitarla es la primavera.

Los amantes de la historia no se han de perder las ruinas que fenicios, cartagineses, griegos, romanos, árabes, normandos, catalanes y españoles dejaron esparcidas en la isla durante los siglos de conquista. Sin embargo, más allá de Taormina, Noto Antica, Agrigento, Naxos, Selinunte o Segesta, llenas de turistas y de sicilianos exiliados que vuelven a pasar las vacaciones con la familia, también hay vida. La puerta de entrada más habitual es Palermo o Catania, dos ciudades sorprendentes y desconcertantes por la huella árabe de la primera y por la piedra oscura volcánica de los edificios de la segunda, que vive bajo la sombra amenazadora del Etna siempre humeante.

El bonito pueblo pescador de Cefalù/C.P.
La griega, árabe y normanda Cefalù es una pequeña joya situada en la costa norte, entre Messina y Palermo. A pesar de que Taormina es el primer destino turístico de la isla, el litoral entre Cefalù y el Capo d’Orlando es el menos explotado y uno de los más auténticos para disfrutar de la playa a pesar de que el turismo no deja de crecer. Cefalù es un pueblo marinero situado en una pequeña lengua de tierra al pie de una gran roca y tiene una de las catedrales normandas más bonitas de la isla hasta el punto de ser considerada como uno de los mejores ejemplos de arte bizantino en tierras sicilianas con el permiso del Duomo de Monreale.

Resiguiendo la costa del mar Tirreno en dirección oeste y dejando atrás Palermo se llega hasta la vieja y tranquila Trápani, típica por sus salinas y porque fue la puerta de entrada de los invasores árabes. Antes de llegar es obligatorio desviarse hasta Erice, un bonito pueblo medieval encaramado en una peña que durante la época romana fue centro de culto de la diosa de la fertilidad. Los árabes la rebautizaron como Gebel Hamed y los normandos como Monte San Giuliano. Su nombre actual se lo puso Mussolini en el año 1934 en recuerdo de la Venus Erycina romana. En la actualidad vive prácticamente del turismo.

Aguas tranquilas al sur de la isla/C.P.
Desde Trápani hasta Siracusa, la costa que mira hacia África muestra la cara más fea del urbanismo descontrolado en manos de la mafia y de los gobiernos locales que la sirven. Superado el impacto que dejan tanto las ruinas del Valle de los Templos como el horror de cemento que rodea Agrigento, toca hacer una parada en las barrocas Noto, Ragusa i Módica, reconstruidas después del terremoto de 1693 y con la mayoría de los edificios vacíos y medio abandonados. El viajero sólo se reconcilia con los excesos destructores de la humanidad cuando llega a Ortigia, el casco antiguo de la blanca Siracusa, una de las ciudades helénicas más importantes del oeste mediterráneo.

Fuera de los circuitos turísticos habituales en busca de sol y playa, Sicilia reserva en el interior algunos de sus tesoros más sorprendentes escondidos entre campos de trigo, bosques centenarios y enclaves medievales y barrocos como Enna. Su corazón reseco por el sol y su geografía esculpida por mil terremotos hacen las delicias de los amantes de las historias de Leonardo Sciacia, Gioseppe di Lampedusa i Andrea Camillieri. La mafia, gracias a las películas de Hollywood, también se ha convertido en un atractivo turístico y los vecinos del pequeño pueblo de Corleone han sabido aprovecharlo.

El interior siciliano es duro/C.P.
No se puede hablar de Sicilia sin nombrar su gastronomía, muy influenciada por la cocina árabe sobre todo en la utilización del picante y los sabores agridulces en sus platos principales, y en los dulces como la cassata, los cannoli y la azucarada frutta marturana. De sus orígenes sencillos basados en el aceite de oliva, las verduras y el pescado, la cocina siciliana ha regalado al mundo la caponata, la pasta con sardinas, hinojo, pasas y piñones; las sardinas rellenas y los estofados de sepia y calamar de Palermo, el cuscús de pescado de Trápani, y el atún –el pescado rey por excelencia- con cebolla, anchoas y tomate. Todo, regado con un buen vino marsala y una granita de limón o jazmín para digerir los kilos de más que el viajero traerá de vuelta.

Artículo publicado en El Diario de Viajes de Eldiario.es del mes de diciembre.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Essauira, la belleza mestiza del sur marroquí


La muralla de Essauira desde la playa
Eclipsada por las ciudades imperiales del norte y azotada sin misericordia por los vientos alisios, resiste el paso del tiempo y los embates de un océano embravecido protegida tras su muralla. Essauira, la perla sureña de la costa atlántica marroquí, famosa ya en época romana por sus yacimientos de púrpura y lugar de refugio para hippies, orfebres judíos y surfistas, esconde su belleza mestiza y su terrible pasado de puerto negrero tras el velo del olvido.

Sólo los iniciados conocen su magia a pesar de que la sobreexplotación turística de la vecina Agadir la haya convertido en visita obligada para los miles de forasteros que llegan desde la lejana Europa buscando sol y playa. La irrupción del turismo con divisas, sobre todo francés, ha contaminado el espíritu tranquilo de la encalada Essauira y ha disparado los precios. Aun así, todavía es posible descubrir sus encantos escondidos recorriendo la medina y el puerto o visitando los talleres de los artistas que buscan inspiración en esta tierra encrucijada de culturas y cuna de la música gnaua.

Desde Marrakech, la mejor forma de visitar la cosmopolita Essauira es en grand taxi, unos destartalados Mercedes que pueden transportar hasta seis pasajeros. Sólo hay que buscar la parada, preguntar por el taxi que cubre nuestro destino y cerrar el precio después del obligado y agotador regateo. El recorrido máximo entre Marrakech y Essauria no llega en teoría a las tres horas. La carretera es buena y no hay mucho tráfico, pero a veces el trayecto se alarga por los peajes obligados que hay que pagar a algunos agentes de policía que buscan un sobresueldo a costa de los turistas.


Un mercado de camino a Essauira/C.P.
La carretera hasta Essauira atraviesa Chichaua, una animada ciudad famosa por el diseño de sus alfombras. El paisaje es árido, propio del sur marroquí, pero está lleno de sorpresas como la que supone ver rebaños de cabras encaramados a unos solitarios árboles llamados arganes devorando sus hojas bajo un sol inmisericorde. El fruto de este árbol que “prospera allí donde ningún otro crece, ni siquiera las malas hierbas o los cactus”, como escribió Paul Bowles en su libro Cabezas verdes, manos azules, se convierte en el preciado aceite de argán, muy utilizado en cocina y cosmética.

Al igual que la industria cosmética marroquí, los pastores de cabras también han descubierto una forma fácil de hacer dinero con el argán y se ha montado un lucrativo negocio a costa de los sorprendidos turistas que incluye a los taxistas. Se atan a los animales a los árboles más cercanos a la carretera y se espera pacientemente el paso de un grand taxi seguro de que el coche parará en el lugar pactado y de que los extranjeros pagarán encantados lo que les pidan a cambio de fotografiar el rebaño encaramado al resistente y espinoso argán.



Los cañones protegen la muralla de los piratas/C.P.
A diferencia de Marrakech, Meknes y Fez, la Essauira actual es una ciudad relativamente nueva aunque la historia nos traslade a tiempos remotos y la haya bautizado con muchos nombres. Fue colonia fenicia, cartaginesa y romana. En el siglo X se llamó Amogdul en honor del santón bereber Sidi Mogdul. Cinco siglos después los portugueses incluyeron la ciudad en su ruta comercial y transformaron su nombre original en Mogdura. El paso de los españoles primero y de los franceses después la convirtió en Mogador y hasta el siglo XVIII no fue la árabe Essauira, que significa lugar fortificado.

El trazado moderno de su medina es obra de Théodore Cornut, un ingeniero francés hecho prisionero por el sultán alauita Sidi Mohammed Ben Abdallah, que soñó con convertir Essauira en uno de las ciudades más prósperas de la región. En el siglo XVIII se enriqueció con la exportación de caña de azúcar, el tráfico de esclavos, el marfil y el oro que llegaba de Tombuctú; y se llenó de familias ricas, joyeros judíos y cónsules extranjeros que llegaron del norte, así como de antiguos esclavos originarios de Sudán, Senegal y Guinea.


Su puerto es uno de los más importantes de Marruecos/C.P.
Sede de uno de los puertos más activos de Marruecos gracias a la pesca de la sardina y la anchoa, Essauira huele a sal y a algas en descomposición. Sus casas pintadas de blanco contrastan con el color ocre de su muralla coronada por cañones y con el azul intenso del mar. Con la marea baja se vislumbra una bella playa que invita a remojarse los pies mientras las gaviotas ponen con su incesante graznido la banda sonora al paisaje. Contemplar una puesta de sol en Essauira quita el aliento y abre el apetito. Una vez saciado de pescado fresco a buen precio cocinado por los pescadores en el mismo puerto, lo mejor es perderse para siempre en el bullicio de sus calles.

Artículo publicado en El Diario de viajes de Eldiario.es del mes de octubre.

lunes, 19 de octubre de 2015

Bolonia, el paraíso de los gourmets

La variedad de embutidos es espectacular/Cristina Palomar

Bolonia y su región no sólo son la cuna de la salsa boloñesa, la mortadela, el jamón y el queso parmesano. Encrucijada de caminos entre el norte y el sur de Italia y entre el norte de Europa y el Mediterráneo, la capital universitaria de la región de Emilia-Romaña es el lugar ideal para descubrir que, más allá de Venecia y Florencia, también hay vida, belleza y cultura. Es la alternativa perfecta para pasar unas vacaciones lejos de la masificación turística y de los precios abusivos que caracterizan las capitales de la Toscana y el Véneto, y está muy bien comunicada con las dos por carretera y por tren.

El casco histórico de Bolonia recuerda al de Siena por el color tierra de sus imponentes edificios y palacios señoriales, y sus típicas torres medievales, vestigio del poder de las belicosas familias nobles, alteran la línea horizontal de la trama urbana que caracteriza la llanura que riega el rio Po. Del centenar de torres defensivas construidas entre los siglos XII y XIII quedan poco más que una veintena. Erigidas con madera y grandes bloques de selenita, la mayoría han desaparecido por los terremotos, los bombardeos o la piqueta de las reordenaciones urbanísticas posteriores.

Las torres Asinelli y Garisenda, símbolo de Bolonia/Cristina Palomar

Una buena manera de quemar los excesos de una gastronomía tan tentadora como extraordinaria es subir los 498 escalones de la torre Asinelli, que juntamente con la torcida torre Garisenda que aparece citada en la Divina Comedia, es una de las imágenes más conocidas de la ciudad. Llegar hasta arriba después de haber comido un buen plato de tortellini tiene su mérito y también su riesgo porque la estrecha escalera es muy empinada y siempre está llena de gente que sube o baja. El premio a tanto esfuerzo son las vistas espectaculares de Bolonia.

Dejando de lado las torres, Bolonia sorprende también porque es una ciudad porticada, con las aceras protegidas bajo los edificios. Los típicos porches boloñeses –sumados hacen unos 53 kilómetros- protegen al viandante del implacable sol del verano y de la molesta lluvia y la nieve del invierno, y hacen imposible la existencia de árboles. La construcción tiene el origen en un peculiar uso abusivo del espacio público que consistía en alargar hacia el exterior, sobre la calle, el primer piso de la casa, que se aguantaba sobre vigas y columnas de madera.

El centro histórico de Bolonia está lleno de porches/Cristina Palomar

Al final, esta peculiar técnica de construcción de edificios que privatizaba una parte de la vía pública obligó al ayuntamiento a fijar unas normas muy estrictas: la madera se tenía que substituir por piedra para evitar los incendios y el espacio bajo los porches tenía que ser de acceso público. El resultado es que hoy el peatón puede ir de una punta a la otra del centro histórico sin tener que sufrir los caprichos de una climatología continental de grandes contrastes. Incluso hay un recorrido turístico para visitarlos, siendo el Pórtico del Pavaglione, justo delante de la inacabada y enorme basílica de San Petronio, uno de los más bonitos y transitados.

A partir de la Piazza Maggiore, rodeada de palacios y museos impresionantes, se articula la ciudad antigua presidida por la famosa fuente de Neptuno. Lugar de reunión obligada de autóctonos y forasteros, la fuente era antiguamente uno de los lugares más importantes para proveer de agua fresca a las casas, alimentar al ganado y lavar la mercancía que se vendía en los mercados. De hecho, la historia de Bolonia está íntimamente ligada al agua. Cuesta de imaginar viendo la ciudad ahora con sus calles empedradas, pero durante el siglo XIII fue uno de los centros industriales más importantes de Italia gracias a la industria textil, sobre todo a la seda que Marco Polo trajo de China, y a sus canales.

Los canales bañaban la antigua Bolonia/Cristina Palomar

El agua bañaba los cimientos de la ciudad y una compleja red de canales navegables la conectaba con Venecia a través de la llanura emiliana. La competencia era feroz y los conflictos eran habituales porque de tanto en tanto sus vecinos del norte cerraban los accesos de los canales a la laguna dejando a los laboriosos boloñeses incomunicados y sin agua para los talleres. El único vestigio que queda de la extensa red de canales se encuentra en el bonito barrio que ahora ocupa el antiguo gueto. Escondido entre un revoltijo de callejuelas y enmarcado en una curiosa ventana que los turistas no paran de abrir y cerrar aparece un trozo del canal que alimentaba a un antiguo molino.

Sede de uno de los campus universitarios más antiguos del mundo, el Archiginnasio, la ciudad que da nombre al polémico Plan Bolonia es conocida como la roja por haber sido punta de lanza durante décadas de las políticas progresistas de la izquierda italiana. La revolucionaria Bolonia tiene memoria y honra a sus muertos dando el nombre de Anteo Zamboni, el estudiante de 16 años que intentó matar a Benito Mussolini en 1926, a una calle de la zona universitaria. Mientras tanto, en la puerta del ayuntamiento un monumento recuerda los nombres de las víctimas del brutal atentado fascista en la estación de Bolonia del 2 de julio de 1980.

El insuperable queso parmesano/Cristina Palomar

El carácter boloñés es afable, abierto y mucho más humilde que el de sus vecinos venecianos o florentinos. Más sencillos a la hora de vestirse y menos ceremoniosos a la hora de relacionarse con los demás, los boloñeses muestran su escondido refinamiento en las cosas de comer. La oferta gastronómica de toda la región, comenzando por los vinos y siguiendo por los embutidos y los quesos, es impresionante. Es imposible regresar a casa sin unos cuantos kilos de más, en gran parte por culpa de los precios asequibles de las tiendas de alimentación y de los restaurantes localizados en el Quadrilatero formado por las estrechas calles de Pescherie Vecchie, Caprarie, Clavature i Drapperie.

Toda la región es un paraíso para los gourmets/Cristina Palomar

Entre las muchas maravillas culinarias destaca el ragú, una salsa a base de tomate y carne de la parte más magra de la tripa del cerdo. La receta de los tortellini rellenos de carne de cerdo, jamón crudo, mortadela y queso parmesano que los boloñeses comen con caldo está registrada desde 1974 y, si con esto no tenemos suficientes, podemos probar la lasagna, los tagliatelle, las tortas de arroz y el certosino, un pan de especias típico de Navidad. El dicho popular que asegura que en Bolonia se come en un año lo que en Venecia se come en dos, en Roma en tres, en Turín en cinco y en Génova en veinte es una verdad como un templo.

Artículo publicado en El diario de viajes de Eldiario.es

viernes, 5 de junio de 2015

Israel, un trozo de tierra prometida entre el desierto y el mar

La cúpula dorada de la mezquita de la Roca/C.P.

En Israel cada piedra esconde una historia. Encrucijada de caminos y escenario de crueles guerras durante siglos, la prometida tierra bíblica sorprende al viajero por su extrema complejidad. Para disfrutar del país es necesario vaciar la mente de prejuicios y dejarse cautivar por su insólito paisaje mediterráneo y desértico, su cultura hecha de muchas culturas y su gente de procedencias diversas. Situado en una de las zonas más conflictivas del mundo, Israel deslumbra por la belleza de sus ruinas milenarias y maravilla por su capacidad de resistencia como pueblo y por el delicado equilibrio que mantiene entre modernidad y antigüedad.

Hablar de Israel es hablar, irremediablemente, de Jerusalén. Ciudad tres veces santa, venerada por millones de personas de todo el mundo y disputada durante siglos por judíos, cristianos y musulmanes, su visita es una dura prueba para el forastero porque el peso de la religión es abrumador. En la ciudad antigua, amurallada y rodeada de barrios residenciales que se extienden por el desierto hasta el horizonte, se mezclan la magia y la tragedia. La delicada convivencia entre las tres religiones monoteístas de occidente puede saltar por los aires en cualquier momento: basta mover una piedra para que salten chispas y se declare un incendio de impredecibles consecuencias.

Cualquier rincón es bueno para leer libros sagrados/C.P.

La espiritualidad se respira en el ambiente y hay que dejarse llevar por ella a pesar de la presencia constante de militares con las ametralladoras al hombro. En un escenario relativamente pequeño los monumentos de visita obligada se amontonan y la paciencia es requisito indispensable para combatir el fanatismo religioso y la obsesión por la seguridad. Para contemplar el Muro de las Lamentaciones hay que pasar un estricto control de acceso, para llegar hasta la Cúpula de la Roca hay que hacer colas interminables y para visitar el Santo Sepulcro nada mejor que una buena dosis de humor para soportar las aglomeraciones y el escándalo que producen las misas celebradas a la vez en un espacio claustrofóbico saturado de olor a axila, incienso y cera.

Caminar por el zoco es como hacer un viaje en el tiempo. Las tiendas de recuerdos, mayoritariamente en manos de árabes israelíes, nos acompañan durante el recorrido por los lugares santos y en cualquier esquina nos puede sorprender un grupo de cristianos recorriendo la versión moderna del Vía Crucis de Jesús con una gran cruz a cuestas que se van turnando con un gran fervor. Jerusalén da nombre también a un síndrome caracterizado por los delirios y los brotes psicóticos. El síndrome de Jerusalén, diagnosticado por primera vez por el médico israelí Yair Bar durante los años ochenta, es más frecuente en cristianos protestantes y se caracteriza por la identificación completa con un personaje bíblico. Moisés, David, Jesús y San Juan Bautista son los preferidos y no es nada extraño encontrarse en la calle con un extranjero vestido con túnica de nazareno y hablando solo.

Para liberarse del sofocante peso de la religión y de la historia, nada mejor que visitar la moderna y cosmopolita Tel Aviv. Los pocos kilómetros que la separan de Jerusalén son un mundo. Bañada por el Mediterráneo y con una larga playa bordeada de cafés, bares y tiendas, la joven ciudad cautiva por su intensa actividad comercial y cultural. Sus amplias avenidas salpicadas de bellos edificios de estilo moderno y art déco invitan a salir sin miedo y a caminar sin rumbo fijo. Lo más probable es que nuestros pasos nos lleven hasta Jaffa y su bello puerto. La antigua ciudad árabe es actualmente el barrio bohemio de Tel Aviv y su casco viejo ha renacido de las cenizas de las sangrientas guerras entre judíos y árabes como importante centro artístico, cultural y gastronómico.

En Yardenit, el bautizo en el río Jordán es un gran negocio/C.P.

En Israel, la religión se ha convertido en un lucrativo negocio. En la cristiana y musulmana Nazaret, la empinada calle principal del casco antiguo que transcurre desde la plaza donde aparcan los autocares de turistas hasta la desconcertante iglesia de la Anunciación situada en la cima está salpicada de tiendas donde se comercia y regatea en decenas de idiomas con reliquias, crucifijos, agua bendita y estatuas de la Virgen María. Lo mismo ocurre en Yardenit, población situada a los pies del mítico río Jordán, cerca del Mar de Galilea o lago Tiberiades, dónde miles de peregrinos acuden cada año a bautizarse en el mismo lugar que cuenta la Biblia que lo hizo Jesús sin importarles ni el agua contaminada ni el desorbitante precio que tienen que pagar por el alquiler de las toallas.

Ya en territorio palestino, visitar Belén es también una prueba de fe y de paciencia, sobre todo para sortear los estrictos controles militares situados en el feo muro de hormigón que separa Israel de Palestina y que recuerdan que la línea que separa víctimas de verdugos puede ser muy fina. La ciudad bíblica donde pasó su infancia el rey David de los judíos es hoy un importante centro de peregrinación cristiano para visitar la gruta de la iglesia de la Natividad donde se asegura que nació Jesús. Las colas para bajar a la gruta ocupan toda la nave central y los guías locales se inventan mil y una tretas para acortar el tiempo del tour cultural y alargar la visita a la tienda de recuerdos de la familia.

El rey David, símbolo del valor del pueblo judío/C.P.

Para los amantes del desierto, nada mejor que visitar las imponentes ruinas arqueológicas de Masada, en otro tiempo fortaleza judía inexpugnable construida por Herodes y hoy símbolo del orgullo de un pueblo que sigue vivo a pesar de siglos de persecución. Masada se yergue sobre el Mar Muerto, un insólito mar interior de agua salada donde bucear es imposible. Tanto Israel como Jordania han sabido explotar sus teóricas propiedades terapéuticas construyendo en sus orillas balnearios y comercializando sus sales y otros productos de belleza. Sin embargo, la gallina de los huevos de oro podría acabarse: la reducción del caudal del río Jordán por la sobreexplotación agrícola está desecando esta maravilla de la naturaleza y el proyecto japonés de renovar sus aguas con un canal que lo conecte al Mar Rojo sigue guardado en un cajón. Israel, como su paisaje y su gente, es un pequeño milagro entre el desierto y el mar.

El reportaje sobre Israel se publicó en el Diario de viajes de eldiario.es del mes de diciembre.

jueves, 4 de junio de 2015

Cantabria: castellana vieja de rotunda piedra


Claustro de la Colegiata románica de Santillana del Mar/C.P.


Encajonada entre dos territorios históricos con una lengua propia y una fuerte personalidad, Cantabria es la prolongación de Castilla hacia el norte. Así me la definió un amigo cántabro cuando le expliqué mi intención de visitar su tierra. Nunca antes había visto tantos cinturones, cuellos de jerséis y correas de reloj con la bandera española como vi durante el viaje. Quizás, el hecho de estar entre Asturias y Euskadi haya obligado a Cantabria a mostrar su españolidad de forma tan exagerada.

Sólo en los extremos se suaviza y se muestra más permeable a las influencias de sus irreductibles y orgullosos vecinos. Castro-Urdiales se ha convertido en una ciudad dormitorio para los bilbaínos que han buscado vivienda a precios más económicos mientras que en el otro extremo, en San Vicente de la Barquera, los lugareños hablan ya un castellano con un marcado acento asturiano que hace las delicias del forastero. Entre una punta y otra hay un mundo lleno de playas paradisíacas y mar bravo con buena pesca, de verdes prados donde pastan las vacas y crecen las begonias. El aire fresco corta la respiración en los escarpados Picos de Europa y el cielo casi duele de tanto azul.

Cantabria es rica y señorial, construida de piedra rotunda. Se ve en los bellos edificios que salpican pueblos costeros como Comillas y en pueblos del interior como Santillana del Mar, Bárcena Mayor, Carmona o Potes; se ve en las calles y en los elegantes paseos marítimos de la regia Santander o de Santoña, cuna de Luis Carrero Blanco, mano derecha del dictador Franco a quién la localidad honra con un monumento. Cantabria es también marinera en San Vicente de la Barquera, campesina y ganadera en el Alto Campoo y el Valle del Cabuérniga, y minera e industrial en Reinosa y Torrelavega. Sin embargo, es inevitable que al final se imponga un cierto olor a rancio abolengo de castellano viejo y con dinero.

Lugar de veraneo privilegiado por sus amplias playas de arena blanca y sus frías aguas que cortan la respiración del viajero ante tanta belleza y hacen las delicias de los surfistas, la tierra que da vida al río Ebro en Fontibre ha sufrido también en sus carnes la herida de la especulación inmobiliaria aunque no tanto como el torturado Levante. En agosto sus costas abarrotadas de apartamentos y chalets se llenan hasta la bandera de familias de bien, casi todas descendientes de militares y de curas que medraron en el antiguo régimen, y de nuevos ricos. Todos huyendo del calor mesetario.

Una de las muchas playas paradisíacas de Cantabria/C.P.

La señorial Santander se mira en el mar. Situada cerca de la boca de una profunda bahía, la bella capital cántabra tiene un activo puerto y se extiende por la costa en torno a la península de la Magdalena, un promontorio sobre el que destaca el palacio de la Magdalena, residencia de veraneo del rey Alfonso XII y actualmente sede de los cursos de verano de la prestigiosa Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Sorprende que su centro histórico, presidido por la catedral, sea tan moderno y la razón es que tuvo que reconstruirse completamente por culpa de un incendio que en 1941 arrasó casi toda la ciudad vieja. La impresionante playa del Sardinero, situada al norte de Santander, da nombre a todo un barrio lleno de mansiones, elegantes cafés y un imponente casino, y es el lugar idóneo para pasearse y lucir la ostentosa riqueza de los collares de perlas después de salir de misa.

A medio camino entre Santander y la bella Comillas, donde el modernismo de los arquitectos catalanes Antoni Gaudí y Joan Martorell ha dado vida a bellos edificios como El Capricho y la Universidad Pontificia, queda Santillana del Mar. Curioso nombre para una de las villas más bellas del país ubicada tierra adentro y parada obligada antes de visitar la réplica de las cuevas de Altamira. Su conjunto de casas de piedra de los siglos XV y XVII se conservan prácticamente igual a pesar de la insoportable invasión turística que cada verano colapsa el centro y hace prácticamente imposible caminar o aparcar el coche a una distancia asumible para el visitante.

A pocos kilómetros de Santillana del Mar se encuentran las cuevas de Altamira, uno de los mejores conjuntos de arte prehistórico del mundo descubierto en 1869 por un cazador y considerado la Capilla Sixtina del arte rupestre. Sus pinturas y dibujos, como los famosos y coloridos bisontes que le han dado renombre internacional, se remontan al Paleolítico y demuestran que el hombre puebla las tierras cántabras desde hace miles de años.

Dejando atrás los hermosos paisajes que dibuja el vaivén de las mareas, sobre todo en San Vicente de la Barquera, Cantabria también es montaña. Comparte con Asturias y Castilla y León una de las bellezas naturales más importantes del norte de la península ibérica: el parque nacional de los Picos de Europa. En los días claros, la imponente cordillera se divisa desde mar adentro y el Naranjo de Bulnes –ya en tierras asturianas- con su cresta ondulada y su altura de 2.519 metros da la bienvenida a los agotados marineros.

Pescadores de San Vicente de regreso a puerto/C.P.

Desde San Vicente, la carretera se adentra hacia el interior por el desfiladero de la Hermida donde las profundas gargantas se combinan con las altas peñas y acaba de repente en el parador de Fuente Dé. Ante sí, el viajero descubre un imponente muro de granito que se puede sortear gracias a un teleférico que sube unos 900 metros hasta una sobrecogedora meseta agujereada por cráteres y glaciares. Las vistas son espectaculares como también lo es la interminable cola que hay que hacer previamente para subir.

Potes, con sus viejas casas asomadas al río, es el centro logístico de la zona de los Picos de Europa. Situado en el ancho valle de Liébana, el pueblo tiene un hermoso centro urbano del siglo XV. Sus vetustas casas de montaña se amontonan unas encima de otras para protegerse del duro invierno y sus calles empedradas se llenan de ruidosos turistas y montañeros cada verano. El turismo ha transformado para siempre la vida de este pueblo conocido por su famoso orujo y sus quesos como lo ha hecho con el resto de la región. El mérito es que, a pesar de todo, Cantabria sigue fascinando por su belleza.

El reportaje sobre Cantabria se publicó en el Diario de viajes de eldiario.es del mes de noviembre.


Granada huele a incienso y mirra


Granada, desde el mirador de San Nicolás/C.P.

Cada año, entre Domingo de Ramos y Domingo de Resurrección, la Granada árabe nazarí cede su protagonismo indiscutible a la Granada cristiana. Durante ocho días, las 34 hermandades toman la ciudad. El fervor religioso de los granadinos vestidos con sus mejores galas se mezcla con la curiosidad de los miles de turistas que llegan de todo el mundo atraídos por la Semana Santa andaluza y por la belleza sin igual de la Alhambra.

Las procesiones colapsan las calles y las bandas de música marcan el paso de los sufridos costaleros y de los nazarenos que expían sus pecados caminando descalzos. Ya no canta saetas el maestro Enrique Morente al Cristo de los Gitanos pero el penetrante olor a incienso y mirra quemado con carbón sigue perfumando el aire hasta marear. En las numerosas iglesias es exponen los elaborados palios de la Virgen y del Cristo decorados con velas y flores. Duelen los ojos de tanto adorno barroco dorado y plateado.

Incienso para los pasos de Semana Santa/C.P.

En Granada, lo árabe y lo cristiano se entremezclan en cada rincón a pesar de la destrucción que siguió a la toma de la ciudad en 1492. Los deliciosos dulces de leche frita, pestiños, torrijas y rosquillos que se venden en la pastelería López-Mezquita de la avenida de los Reyes Católicos comparten mesa con el cuscús de verduras y el té a la menta que ofrecen los restaurantes y teterías marroquíes de la calle Elvira. Algunas calles del Albaicín y de los alrededores de la Catedral conservan todavía su toponimia árabe como la Alcaicería y la plaza Bib-Rambla, cita obligada para desayunar unos churros con chocolate.

Desde lo alto de la colina Sabika, la fortaleza roja –Alhamra, en árabe- resiste el paso del tiempo y contempla impertérrita la ajetreada vida de la ciudad que se extiende a sus pies. La Alhambra es patrimonio de la humanidad desde el año 1984 y encabeza la lista de los monumentos más visitados de España superando con creces los tres millones de visitas anuales. Hay que planificar su visita con tiempo ya que las entradas se agotan en cuestión de horas. Lo más recomendable es comprarlas por Internet.

Recién descubierta por el turismo estadounidense que estos últimos años ha invadido la ciudad, la Alhambra es tan hermosa por dentro como por fuera. Durante el día, su silueta recortada sobre el fondo nevado de Sierra Nevada corta la respiración. Por la noche, sus murallas iluminadas obligan a mirar al cielo y a admitir que Carlos Cano tenía razón cuando cantaba que Granada, encajonada en el valle que riega el río Darro y que desaparece bajo la plaza de Santa Ana, sólo tiene salida por las estrellas.

El barrio más conocido de la ciudad es el Albaicín, también patrimonio de la humanidad. El barrio musulmán medieval más internacional se levanta desde la Carrera del Darro y el Paseo de los Tristes hasta el Mirador de San Nicolás y se extiende más allá superando la antigua muralla de la Alcazaba y llegando hasta el Sacromonte, el barrio del flamenco y de las cuevas de los gitanos excavadas en la montaña que ahora se alquilan a los turistas, a través de la Cuesta del Chapíz.

Casa típica entre el Sacromonte y el Albaicín/C.P.

Sus empinadas calles quitan el aliento igual que sus casas con jardín conocidas como cármenes y las tiendas de souvenirs marroquís fets a Turquia. El autobús C1 que sale desde la Plaza Nueva es una buena alternativa para llegar hasta del Mirador de San Nicolás desde donde las vistas sobre la Alhambra son espectaculares. El inconveniente es que la recoleta plaza se llena de turistas escandalosos haciendo botellón y de vendedores de artesanía, por eso es mejor contemplar la fortaleza roja desde el jardín de la mezquita situada cerca del mirador.

Una buena opción para escapar del bullicio del turismo es perderse por el pintoresco barrio del Realejo, antiguo enclave de la judería granadina situado al otro lado de la Alhambra. De la presencia judía en Granada no queda ningún vestigio a la vista y sólo el Centro de la Memoria Sefardí situado en la escondida placeta Berrocal se encarga de recordar las ricas tradiciones del pueblo judío de la Garnata al Yahud.

El Realejo, con su Campo del Príncipe lleno de bares, es zona de tapeo. También lo es la zona que rodea el Ayuntamiento y que tiene en la calle Navas su centro neurálgico. La oferta gastronómica granadina es tan impresionante como las raciones de los platos y cada barrio tiene su propia ruta de tapas. La tentación es grande, por eso lo mejor para evitar volver con unos quilos de más es pedir media ración de todo, incluso del desconcertante queso de cerdo.

Tienda de recuerdos en la Alcaicería/C.P.

La visita al baño árabe de la calle Santa Ana para sudar los excesos etílicos puede ser una original forma de despedirse de una ciudad mítica que hechiza al viajero y cuya belleza los poetas han glosado desde hace siglos.

El reportaje sobre Granada se publicó en el Diario de viajes de eldiario.es del mes de abril.

Marrakech, un mágico paraíso suspendido en el tiempo

El zoco es el centro de la vida comercial de Marrakech/C.P.

Cada tarde decenas de curiosos se dan cita en las terrazas de los cafés. Sentados con sus tés a la menta contemplan extasiados como el Sol se oculta en el horizonte. En el cielo anaranjado se recorta la esbelta silueta del minarete mientras el canto del muecín se repite hasta el infinito. Ajeno a tanta belleza, en la plaza sigue el trasiego incesante de gente y los restaurantes al aire libre relevan a los encantadores de serpientes. Es cuando Marrakech, la joya roja beduina, revela toda su magia.

Viajar a Marrakech es hacerlo a un paraíso suspendido en el tiempo, a un oasis de palmeras y agua clara rodeado de aridez rojiza. La imponente cordillera del Atlas que separa la ciudad imperial marroquí del avance implacable del Sáhara se refleja en los estanques de la ciudad y alimenta sus fuentes. El aire fresco de las cumbres nevadas hace más llevadera la contaminación e invita al paseante a abrigarse cuando se pone el Sol.

Capital del imperio almorávide que invadiría la Península Ibérica y daría a luz a Al Andalus, Marrakech erigió mezquitas, madrasas, jardines y palacios de una gran belleza con la riqueza del oro y del marfil de las caravanas. Algunos de sus monumentos todavía pueden visitarse a pesar de la destrucción que provocaron los almohades en el siglo XII.
Marrakech son dos ciudades. La antigua, amurallada, esconde las joyas más preciadas mientras que en el Guéliz, la ciudad de los colonizadores franceses, se ubican la mayoría de los hoteles como el mítico La Mamunia, donde Winston Churchill se relajaba pintando. La avenida Mohammed V es el camino más fácil para llegar hasta una de las plazas más increíbles del mundo pasando antes por la mezquita Kutubia, cuyo minarete es el hermano gemelo de la Giralda.

Los turistas son el objetivo de los vendedores de alfombras/C.P.

La plaza Djemaa el Fna es el corazón de la medina. Durante el día se llena de escribas, dentistas, músicos, encantadores de serpientes y vendedores de zumos. En ella desembocan las puertas principales de acceso al zoco, a la kasba -o fortaleza- y al Mellah, el antiguo barrio judío. Es aquí donde se concentran los riad –antiguas casas reconvertidas en pintorescos hoteles- y los monumentos: el refinado palacio de Bahía, las tumbas saadíes y el palacio del Badi, del que sólo quedan sus muros de adobe y las cigüeñas.

La plaza está rodeada de cafés y restaurantes, algunos de los cuales han sido objetivo de la bombas de los grupos islamistas, y no es difícil encontrarse con el escritor Juan Goytisolo paseando por la medina camino de casa o de tertulia en el café La France. En una de sus esquinas la mezquita que da nombre a la plaza se hace pequeña cuando el muecín llama a la oración y las alfombras se sacan a la calle llegando a paralizar el tráfico.

Los chiringuitos llenan la plaza cuando se pone el sol/C.P.

Con la noche llega el turno de los chiringuitos, de la humareda y del olor a carbón. Decenas de ellos se amontonan en la plaza ofreciendo desde pinchos morunos hasta harira, la sopa con la que los musulmanes rompen el ayuno del Ramadán. La cocina marroquí es impresionante y  hay que probar el cuscús, la tagin o estofado de carne con verduras, el cordero asado o mechui y la bastela, una especie de pastel relleno de pichón, almendras, cebolla y huevos.

Tan increíble como la cocina es la artesanía, tanto en latón como en madera, cuero, cerámica y la elaboración de alfombras. Perderse en el zoco es fácil, así que lo más recomendable es llevar una brújula y armarse de paciencia con los falsos guías y con el regateo. El barrio de los curtidores, alejado del centro igual que el sorprendente Palmeral, no es tan impresionante como el de Fez pero es visita obligada a pesar del mal olor que desprenden las pieles ablandadas con excremento de paloma.

De camino hacia el desierto /C.P.

Marrakech es destino pero también es origen. Es la puerta hacia el gran sur. Desde ella parte la carretera que atraviesa el Atlas y se dirige hacia el desierto atravesando el país Glaua y los valles de los ríos Dades y Dra. Salpicada de bellas alcazabas como la de Teluet, Ait Benhaddu y Tifultut, la carretera atraviesa Uarzazat y llega hasta Zagora. A partir de aquí sólo hay arena y la distancia ya no se mide en kilómetros sino en días a camello.

El reportaje sobre Marrakech se publicó en el Diario de viajes de eldiario.es del mes de mayo.